“Nada es tan importante…y todo pasa”

5 06 2010

“Alguna día entenderán que Nada es tan importante…y todo pasa” estas palabras resonaron en mi cabeza cuando las pronuncio un maestro, resonaron hasta lo mas profundo de mi ser…la verdad de la impermanencia de todo lo que existe, cada pensamiento, cada sentimiento, cada relación personal que establecemos, la vida misma, todo pasa, todo surge y se desvanece…en lugar de vivir una vida basada en el apego, hay que aprehender a dejar ir, incluso aceptar la muerte de nuestros seres queridos, y la nuestra como algo natural y universal, porque la naturaleza de la realidad es la impermanencia, y de lo contrario solo encontraremos sufrimiento e insatisfacción.

Solo tienes que dejar ir…….aprehende a dejar ir.

Les comparto esta historia y reflexiones tomadas del “Libro Tibetano de la Vida y de la Muerte” de Sogyal Rimpoche:

HISTORIA DE KRISHA GOTAMI

Cuando era niño y vivía en Tíbet, oí la historia de Krisha Gotami, una joven que tuvo la buena fortuna de vivir en la época de Buda. Cuando su hijo primogénito contaba cosa de un año, cayó enfermo y murió. Agobiada por la pena, con el cuerpecito en brazos, Krisha Gotami vagaba por las calles suplicándole a todo el mundo un remedio que le devolviera la vida a su hijo. Algunas personas pasaban por su lado sin hacerle caso, otras se reían de ella, y aun otras la tomaban por loca, pero finalmente dio con un sabio que le dijo que la única persona del mundo que podía realizar el milagro que ella pretendía era Buda.

Así pues, fue en busca de Buda, depositó el cadáver de su hijo ante él y le expuso su caso. Buda la escuchó con infinita compasión, y luego respondió con amabilidad:

—Sólo hay una manera de curar tu aflicción. Baja a la ciudad y tráeme un grano de mostaza de cualquier casa en la que no haya habido jamás una muerte.

Krisha Gotami experimentó un gran alivio y se dirigió a la ciudad de inmediato. Cuando llegó, se detuvo en la primera casa que vio y explicó:

—Me ha dicho Buda que vaya y busque un grano de mostaza de una casa que nunca haya conocido la muerte.

—En esta casa ha muerto mucha gente —le replicaron.

Fue a la casa de al lado.

—En nuestra familia ha habido incontables muertes —le dijeron.

Y lo mismo en la tercera y en la cuarta casa, hasta que por fin hubo visitado toda la ciudad y comprendió que la condición de Buda no podía cumplirse.

Llevó el cuerpo de su hijo al osario y se despidió de él por última vez, y a continuación volvió a Buda.

—¿Has traído el grano de mostaza?

—No —respondió ella—. Empiezo a comprender la lección que intentas enseñarme. Me cegaba la pena y creía que yo era la única que había sufrido a manos de la muerte.

—¿Por qué has vuelto? —le preguntó Buda.

—Para pedirte que me enseñes la verdad de lo que es la muerte, de lo que puede haber detrás y más allá de la muerte y de lo que hay en mí, si algo hay, que no ha de morir.

Buda empezó a enseñarle:

—Si quieres conocer la verdad de la vida y la muerte, debes reflexionar continuamente sobre esto: en el universo sólo hay una ley que no cambia nunca, la de que todas las cosas cambian y ninguna cosa es permanente. La muerte de tu hijo te ha ayudado a ver ahora que el reino en que estamos, el samsara, es un océano de sufrimiento insoportable. Sólo hay un camino, y uno solo, para escapar del incesante ciclo de nacimientos y muertes del samsara, que es el camino a la liberación. Puesto que ahora el dolor te ha preparado para aprender y tu corazón se abre a la verdad, te la voy a mostrar.

Krisha Gotami se arrodilló a sus pies y siguió a Buda durante el resto de su vida. Se dice que cuando su vida llegaba a su fin, alcanzó la Iluminación.

ACEPTACIÓN DE LA MUERTE

La historia de Krisha Gotami nos muestra algo que podemos observar una y otra vez: un encuentro próximo con la muerte puede producir un auténtico despertar, una transformación en toda nuestra actitud ante la vida.

Tomemos, por ejemplo, la experiencia de casi muerte. Quizá una de sus más importantes revelaciones es cómo transforma la vida de quienes han pasado por ella. Los investigadores han observado una asombrosa variedad de cambios y efectos posteriores: una disminución del miedo y una aceptación más profunda de la muerte; una mayor preocupación por ayudar a los demás; una visión más cabal de la importancia del amor; menos interés por los logros materiales; una creciente fe en una dimensión espiritual y en el sentido espiritual de la vida, y, naturalmente, una mayor disposición a creer en la vida después de la muerte.

Un hombre le dijo una vez a Kenneth Ring:

El hombre perdido que yo era, vagando a la deriva, sin más

objetivo en la vida que el deseo de riquezas materiales, se

transformó en alguien con una profunda motivación, un

propósito en la vida, una dirección clara y la enorme convicción

de que al final de la vida habría una recompensa.

Mi interés por las riquezas materiales y mi avidez de posesiones

fueron sustituidos por una sed de comprensión espiritual

y un deseo apasionado de ver mejorar el estado del

mundo.1


Una mujer le contó a Margot Grey, investigadora británica de la experiencia de casi muerte:

Las cosas que sentí lentamente fueron un sentido del amor

muy intensificado, la capacidad de comunicar amor, la capacidad

de encontrar alegría y placeres en las cosas más

pequeñas e insignificantes… Surgió en mí una gran compasión

hacia la gente que estaba enferma y se enfrentaba a la

muerte, y sentí grandes deseos de hacerles saber, de explicarles

del modo que fuera, que el proceso de morir no es sino

una extensión de la propia vida.2


Todos sabemos de qué manera una crisis vital, como una enfermedad grave, puede producir transformaciones de semejante profundidad. Freda Naylor, doctora que valerosamente llevó un diario mientras moría de cáncer, escribió:

He tenido experiencias que jamás habría tenido y que debo

agradecer al cáncer. Humildad, reconciliarme con mi propia

mortalidad, conocimiento de mi fuerza interior, que continuamente

me sorprende, y otras cosas de mí misma que he

descubierto porque he tenido que frenar en seco, reevaluar y

seguir adelante.*


Si efectivamente podemos «reevaluar y seguir adelante» con esa humildad y esa amplitud de miras recién encontradas, y con una aceptación verdadera de nuestra muerte, veremos que nos volvemos mucho más receptivos a las instrucciones y la práctica espirituales. Y esta receptividad bien podría abrirnos a otra maravillosa posibilidad: la de la auténtica curación.

Recuerdo a una norteamericana de edad madura que fue a ver a Dudjom Rimpoché en Nueva York en 1976. No sentía un interés particular por el budismo, pero había oído decir que había un gran maestro en la ciudad. La mujer estaba muy enferma y, en su desesperación, se hallaba dispuesta a probarlo todo, ¡incluso a visitar a un maestro tibetano! Por entonces, yo era su intérprete.

Entró en la habitación y se sentó ante Dudjom Rimpoché. Estaba tan afectada por su estado y por la presencia del maestro que se echó a llorar y gimió:

—El médico sólo me da unos meses de vida. ¿Puede ayudarme? Me estoy muriendo.

Ante su sorpresa, Dudjom Rimpoché empezó a reírse entre dientes de un modo amable y compasivo. Después le dijo:

—Todos nos estamos muriendo, ya ve usted. Sólo es cuestión de tiempo: algunos morimos antes que otros.

Con estas pocas palabras, la ayudó a ver la universalidad de la muerte, y que su muerte inminente no era única. Esto apaciguó su ansiedad. A continuación, Dudjom Rimpoché le habló del morir y de la aceptación de la muerte. Y le habló de la esperanza que hay en la muerte. Al final le dio una práctica curativa que ella siguió con entusiasmo.

Esta mujer no sólo llegó a aceptar la muerte, sino que, siguiendo la práctica con dedicación completa, quedó curada. He oído muchos otros casos de personas a las que se había diagnosticado una enfermedad mortal y sólo se les daba unos meses de vida. Cuando se aislaron en soledad, siguieron una práctica espiritual y se enfrentaron verdaderamente con ellos mismos y con la realidad de la muerte, se curaron. ¿Qué nos dice esto?

Que cuando aceptamos la muerte, transformamos nuestra actitud ante la vida y descubrimos la conexión fundamental entre la vida y la muerte, puede producirse una espectacular posibilidad de curación.

Los budistas tibetanos creen que las enfermedades como el cáncer pueden ser una advertencia: nos recuerdan que hemos relegado al olvido aspectos profundos de nuestro ser, como nuestras necesidades espirituales.4 Si nos tomamos en serio este aviso y cambiamos radicalmente la dirección de nuestra vida, existe una esperanza muy real de curación, no sólo para nuestro cuerpo, sino para todo nuestro ser.

UN CAMBIO EN LO MÁS HONDO DEL CORAZÓN

Reflexionar profundamente sobre la impermanencia, como hizo Krisha Gotami, es ser conducido a  comprender en el centro del corazón la verdad que tan vigorosamente se expresa en esta estrofa de un poema de un maestro  contemporáneo, Nyoshul Khenpo:

La naturaleza de todas las cosas es ilusoria y efímera,

quienes tienen una percepción dualista consideran felicidad

[el sufrimiento,

como los que lamen la miel del filo de una navaja.

Cuan dignos de compasión los que se aferran con fuerza a

[la realidad concreta:

Volved vuestra atención hacia dentro, amigos de mi corazón.


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One response

28 06 2010
MARTHA

hola esa frase que esta expuesta tiene la clave para llevar una vida entre alegria y pesares.pero con gran entereza.martha

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